El jabalí de la avena

EL JABALÍ DE LA AVENA 

A primeros del mes de junio las siembras empezaban a estar granadas y los jabalíes acudían noche tras noche a dar buena cuenta de sus apetitosas espigas. La zona que había decidido cazar es una gran sierra de brezos, jaras y encinas con siembras de trigo, avena y centeno en los sopies, toda una bendición para los jabalíes.

Esa misma noche la luna llena iluminaba con fuerza y se veía como de día. Cené tranquilamente y cuando todos se fueron a la cama preparé las cosas, a Taco y nos fuimos a dar una vuelta.

La noche estaba muy tranquila y tenía claro a donde tenía que ir pues había visto unos días antes el daño que estaban haciendo los cochinos en una avena que iba más avanzada que el resto. La siembra no estaba demasiado alta por lo que de haber algún buen jabalí lo podría ver con facilidad.

Poco a poco llegamos al lugar elegido. Un camino llega justo hasta el borde de las siembras que quedan por debajo de este, pudiendo mirar de arriba abajo y ver lo que se mueve sin problemas. La línea de siembras estaba compuesto por centeno, en el que era imposible ver nada debido a su altura, algún trigo un poco atrasado y en el que sólo había rastros de paso y la avena en la que estaba seguro de ver alguno. Conozco bien el sitio y había  elegido un punto desde donde dominaba todas las siembras, el aire en la cara y la luna en todo lo alto, eran las 2 de la madrugada del día 03 de junio.

Con todo el equipo preparado y Taco convenientemente atado con una traílla a mi cinturón, estuve un rato escudriñando las siembras en busca de algún jabalí. De pronto y sin haberlo visto antes, veo un bulto negro, grande, enorme en mitad de la avena. Me quedé fijo en él pues estaba seguro que no estaba antes esperando algún movimiento que delatara que se trataba de un jabalí y no de un matón. Poco tardó en moverse, ¡madre mía que bicho!. El guarro avanzaba por mitad de la avena comiendo tranquilo en paralelo al monte, nos separaban 500/600 metros y en seguida me puse en marcha para acortar esa distancia.

Con mucho sigilo fui rodeando una lengua de brezos que rodeaban las siembras para tratar de cortar el paso del jabalí que andaba con calma comiendo por la avena. En la siembra había un pequeño islote de brezos y jaras que me sirvió de parapeto para avanzar pegado al monte y no ser visto por el jabalí. Poco a poco fui avanzando y recortando la distancia entre nosotros. Taco, iba a mi lado, cargándose de aire y pendiente de cualquier movimiento, temblaba de nervioso y me hacía sentir ilusionado al ver la afición que tenía con un año justo. Elegí un sitio a 50/60 metros del monte y nos paramos, preparé el rifle con la vara y me dispuse a espera a que el jabalí saliera de detrás del islote de brezos y jaras que teníamos a nuestra derecha.

Pocos minutos pasaron cuando el perro miró bruscamente a nuestra izquierda, miré hacia allí con los prismáticos y descubrí  otro buen jabalí comiendo tranquilamente. La luz de la luna se reflejaba en su pelo y parecía de color plateado, me entró la duda. El primer jabalí que había visto me había parecido bastante más grande y este sin ser ni mucho menos pequeño, no era tan grande como el otro. Nos separan a penas 40/50 metros por lo que puede juzgarlo bastante bien. Desde un primer momento me da la sensación de ser una cochina de 80/85 kg y reprimí  mis ansias de tirar pues el otro jabalí me había parecido macho a simple vista y este no creía en y lo fuera.

Pasó  un largo rato, la cochina siguía allí comiendo ajena a mi presencia y el aire siguía perfecto. Taco no paraba de mirarme una y otra vez preguntándose por qué llevamos cerca de 10 minutos mirando a ese jabalí que no se mueve sin tirarle un tiro, no para de temblar. En un último intento por buscarle algún motivo para soltarle una bala del 8×68 me vuelvo a echar los prismáticos a la cara y miro con tranquilidad al cochino. Nada, es una cochina 100%, bajo los prismáticos y me resigno a no tirar, pero al hacer un último barrido por la avena veo un bulto enorme que sale por detrás del islote de brezos y jaras en paralelo al monte en dirección a la cochina a unos 70 metros. El corazón se me acelera, vuelvo a mirar bien y este sí parece el primer jabalí que vi, grande, gordo, con la joroba característica de los grandes machos, este sí que sí. Como ya tenía el rifle apoyado en la vara, sólo tengo que quitar el seguro con el mayor de los sigilos y poner el punto rojo. El guarro anda un poco hacia nosotros para en seguida ponerse de lado. Bien apoyado espero, pues el guarro está parado y no tengo claro hacia dónde tiene la cabeza, sigue tranquilo y de pronto vuelva a avanzar, pero la siembra debería estar más alta en esa zona y dejo de verle durante unos instantes que se me hacen eternos. Sin más vuelve a aparecer en una zona menos alta de la avena, lo centro bien, aguanto la respiración y ¡PUM!. Al tiro se arma una algarabía del demonio, la cochina sale corriendo a toda velocidad y un grupo de 5/6 jabalíes pequeños que no había visto la siguen sin mirar atrás. Con el tiro, me quedo cegado durante unos segundos pero rápidamente cojo los prismáticos para mirar hacia donde estaba el jabalí. Lo veo patalear, levantando una gran polvareda y trato de no caerme al suelo de la emoción, me tiemblan las piernas y recargo el rifle por si acaso. Esperamos quietos sin movernos durante unos 10 minutos.

Al poco de tirar el pataleo del guarro cesa y empezamos a acercarnos con el aire de cara. El perro va tirando como un loco fruto de la emoción. Veinte metros antes de llegar se ve el bulto a la luz de la luna, es un guarro que pesará fácilmente 100kg, está totalmente muerto con un tiro un poco alto de codillo. Lo primero que hago es dejar a Taco que le muerda y lo hace con ganas, le arengo para que lo haga y le acaricio efusivamente. El guarro tiene una boca de miedo y me invade la alegría, menudo lance y menudo guarrazo.

Al final son las 5 de la mañana cuando llego a casa, cansado, con mucho sueño pero feliz por el gran jabalí cazado y por lo bien que se ha portado Taco, imposible mejor.

 

Taco mordiendo al jabali

  

Detalle de las navajas

   

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Luna de invierno

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Llegaba de Madrid con ansias de campo. Según iba conduciendo veía por el espejo la enorme luna llena que iba a iluminar esa fría noche del mes de febrero. Sólo tenía un pensamiento, darme un paseo en busca de algún guarro que estuviera rebuscando bellotas o algún grano entre las pajas ya viejas de los rastrojos.

Una cena rápida, un rato de tertulia y a eso de las 11h preparado para pasar frío y buscar algún guarro. La noche era heladora pero afortunadamente sin una gota de viento por lo que la sensación no era del todo mala. La luna en todo lo alto iluminaba como si fuera de día, no hacía falta luz alguna para andar por los caminos o incluso por mitad del monte.

La zona que cazamos son los sopiés de una gran sierra salpicada de rastrojos, monte de robles, brezos, regatos y reforestaciones de encinas.

Poco a poco fui rebuscando por los rastrojos aun sin labrar, debajo de las encinas y robles en busca de los muy abundante jabalíes que hay por la zona. De vez en cuando me tropezaba con algún corzo o algún zorro pero ni rastro de los jabalíes.

Comencé cazando la zona “peor” o menos querenciosa pegada la sierra para luego volver por la zona que siempre nos había dado mejores resultado ya con la luna de espaldas pudiendo así ver mucho mejor.

Tenía el itinerario perfectamente claro pues nos conocemos bastante bien la zona. Los rastrojos de la zona baja, al borde de unos riberos son las que más guarros tienen por estar rodeadas todo el año de comida y agua.
Habían pasado ya un par de horas desde que había empezado buscar y rebuscar con los prismáticos y no había tenido la suerte de ver ningún guarro, pero tenía la certeza casi absoluta que alguno iba a ver.

Ya con la luna en la espalda la visibilidad aumenta considerablemente pues no te ciega. Iba por el camino dejando los rastrojos a la izquierda y la zona de monte bajo y robles a la derecha. Iba con mucho cuidado y fijándome en cada bulto mirando cada poco rato con los prismáticos. Un rastrojo, otro y nada, no estaba teniendo suerte por lo que me paré un rato en un cruce de caminos dando vistas a un rastrojo amplio con unas bañas en medio, pensando si volverme o seguir. Estaba en esos pensamientos casi convencido de abandonar, cuando me da la sensación de ver algo que se mueve a no más de 100 metros de donde estoy. Rápidamente me echo los prismáticos a la cabeza y veo un gran marrano que va tranquilo por el rastrojo, hozando de vez en cuando directo al agua. ¡No me lo puedo creer, que suerte!.
El guarro no se ha enterado de mi presencia y avanza despacio pero decidido a la pequeña vaguada que hace el rastrojo por donde corre el agua. A mi izquierda tengo unos robles que me dan cobertura para poder avanzar unos metros y acerarme al guarro sin ir a “pecho descubierto”. Busco el borde de la sombre, preparo las Harris y me tumbo en el suelo. El guarro aparece y desaparece al revolcarse en el barro pero va poco a poco avanzando. La distancia para tirar de noche es respetable 120 metros (medidos al día siguiente) y espero hasta que el guarro está parado y totalmente de lado. Sin más el jabalí aparece, se tumba y vuelve a levantarse para tomar dirección al monte por lo que contengo la respiración y BUUMMM!!!el tiro con el 8x68S me descoloca un poco y no veo lo que pasa pero no oigo ni carrera, ni pataleo ni nada de nada, mi sensación al tiro es que se ha quedado en el sitio.

Tras tirar dejo pasar unos minutos en los que estoy pendiente de cualquier ruido para tratar de saber qué es lo que ha pasado. Nada, no se oye nada, por lo que cojo la linterna que siempre llevo para estas cosas y voy hacia donde estaba el cochino. Al principio me cuesta encontrar el sitio pues la vaguada que tengo delante es mucho más grande de lo que pensaba por lo que no mido bien la distancia y empiezo a buscar mucho más cerca de donde estaba el guarro. Según buscaba y rebuscaba levanto la cabeza y veo a simple vista un bulto enorme encima del pasto viejo, enfoco y ahí estaba el guarro aun agonizando. Tuve que dar un buen rodeo para llegar hasta él y no ponerme de agua y barro hasta las rodillas pues la zona estaba muy encharcada.

Poco a poco me fui acercando al guarro por detrás, pesaría fácilmente 100 kg y lo primero que destacaban eran dos grande “alforjas”, tenía que ser un gran guarro. Despacio fui dándole la vuelta para al fin verle salir las navajas y amoladeras por encima de la jeta, menudo guarrazo. No pude contenerme y se me escapó un ¡VAMOS COÑO!. Un gran guarro con un lance precioso a la luz de la luna.

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El sueño de mi vida

Habíamos quedado en Villanueva de la Vera el padre de mi mujer y yo para subir juntos a la finca el jueves por la tarde con tiempo suficiente para llegar, organizar las cosas, coger los caballos con los guardas y tirar hacia arriba. Cuatro caballos, dos guardas, cazador y acompañante.

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Sobre las 19.30 más o menos y después de dos horas largas de caballo llegamos al chozo donde íbamos a pasar la noche, una noche que se presagiaba movida por los ronquidos de los acompañantes. Cenamos a todo lujo, unas lentejas de bote “Litoral”, unos tomates con queso, un par de botellas de vino y a dormir..

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La noche como me imaginaba había sido movida, los ronquidos, el suelo duro de cemento y los nervios hicieron que apenas durmiera 3 o 4 horas pero las ganas de ver machos podían con el sueño. A las 7 después de un café con leche condensada empezamos la aventura.

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El plan era subir por la canal de la foto y al coronar buscar a los machos que deberían estar en una vaguada muy larga. No tardamos mucho en llegar al punto elegido, una hora larga. Nada más llegar empezamos a ver machos pero ninguno lo suficientemente grande como para tirarlo. Después de una hora y media de espera, levantamos el campamento y empezamos a subir hacia la cumbre entre piornos y saltando de piedra en piedra.

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La subidita es larga y con una rampa seria por lo que vamos despacio y jodidos por el calorazo que empieza a hacer. Además nos vamos pegando cada pocos metros con los piornos que son muy espesos, damos un paso para adelante y dos para atrás. Sin duda lo más cansado es la constante lucha contra estas malditas plantas. Finalmente y después de dos horas de subida fuerte llegamos a la cumbre, límite entre Extremadura y Castilla y León.

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Al llegar nos damos cuenta que el guarda no había cogido agua por lo que sólo llevamos una pequeña botella que había cogido yo y que tendremos que compartir entre los tres hasta llegar a algún nevero y poder beber en abundancia. Decidimos seguir la marcha hasta uno de estos neveros y parar a comer ahí pues ya son las 12 y nos quedan dos horas largas para llegar. Poco acontece desde que llegamos a la cumbre hasta llegar al nevero. Machos echados bastante lejos y uno al que intentamos entrar pero nos lo espantan unas cabras que estaban echadas entre los piornos y no habíamos visto por lo que proseguimos la marcha hasta el agua, bendita agua. Llegar fue una bendición yo ya no podía más de sed y nos vino de lujo. Comimos un bocata de chorizo, unos buenos sorbos de agua y una barrita energética para reponer las fuerzas pues ya llevábamos un pateo serio encima, de 7 a 3.

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Con la tripa llena y ya frío cuesta volver a ponerse en marcha pero con la ilusión de poder ver algo seguimos pateando. Yo ya tenía pocas esperanzas pues habíamos dejado la zona buena atrás y estaba cayendo una calor de muerte pero así es la caza. Nos asomamos de casualidad a un barranco muy largo para echar un vistazo rápido. Pronto vimos unas cabras a la derecha y cuando estábamos a punto de irnos el guarda se gira y dice “coño, ahí en mitad de la canal en el pradete verde hay un macho con buena pinta con unas cabras”. Se me acelera el pulso, miro con los prismáticos y confirmo que el macho me gusta y lo voy a tirar. Me mejoro un poco, le pongo las Harris al rifle y mido con el telémetro, 200 metros clavados, pienso, ¡está muerto!. El macho mientras medía, me colocaba etc estuvo todo el rato de lado pero cuando me encaro el rifle, como si lo supiera se me pone de culo, ¡mierda!. Afortunadamente no se ha dado cuenta de nuestra presencia y come tranquilamente por lo que aprovecho para mejorarme a otra piedra más plana para que las Harris apoyen mejor. Al moverme las cabras que estaban con el macho barruntan algo y salen al trotecillo rápido unos metros y el macho sin saber qué pasa hace lo mismo alejándose unos 30 metros de donde estaba. Lo meto en el visor, lo sigo, de pronto se para a comer y BUUUMMM!! Lo primero que oigo es “!coño, qué tío macho, ha caído seco! Efectivamente el macho había caído tieso en el sitio a pesar de la distancia y del ángulo de 35/40 grados que había. Estaba eufórico.

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Llegar al macho me costó bastante. Entre el cansancio, la bajada de la adrenalina y el ansia por llegar me dio una pequeña pájara. Al llegar pude ver lo bonito que era y el buen tiro que le había pegado. Le había apuntado más alto de lo normal para compensar el ángulo que había, la bala le entró a 5 dedos de la columna y le había salido por mitad del codillo del otro lado.

La alegría era inmensa, aun no me lo podía creer, un macho precioso de 12 años.

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La vuelta hasta el coche fue tremendamente dura, desde las 4 de la tarde hasta las 21.45 andando por terreno bastante duro y apenas sin agua pero había merecido la pena con creces.14 horas de auténtica caza con un muy buen resultado final.

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Primer asalto

Por fin llegó abril, época de corzos. Llevaba toda la semana nervioso, durmiendo poco y dándole vueltas a como plantear la “estrategia” del fin de semana. Las aplicaciones del tiempo echaban humo para tratar de hacerme una idea del tiempo que iba a hacer, por donde iba a venir el aire etc.

Durante el invierno había localizado unos cuantos machos y tenía más o menos claro por donde tenían que estar, pero como suele pasar en esto de la caza, las cosas no siempre salen como uno espera.

Tarde del viernes:

Con una ilusión loca y viendo la buena tarde que hacía en Madrid salimos mi hermano y yo camino de la finca entre risas y anécdotas. Afortunadamente está cerca y en una hora escasa nos plantamos allí, parada técnica para comprar pan y alguna cosa más para el fin de semana y a las 4 .30 estamos en casa preparando todos los trastos.
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Nada más llegar nos damos cuenta que el día nada tiene que ver con el que hacía en Madrid, aire, fresco y unos nubarrones negros que no presagiaban nada bueno. No obstante y con la ilusión a tope nos fuimos a dar una vuelta.
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Lo primero que me sorprende es lo atrasado que sigue el campo, las siembras tienen buena cara, pero el campo está aún “tristón”, ni un brote, ni una flor, nada que presagie la llegada de la primavera. La tarde transcurre con un aire fresco del oeste que incomoda bastante. Vamos andando despacio, haciendo asomadas constantes a siembras donde los habíamos visto hace unas semanas y a las laderas de monte que están más protegidas del monte, pero nada, no hay rastro de los corzos.
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La tarde avanza y vamos poco a poco perdiendo la esperanza de ver nada pues a pesar de los muchos rastros que vemos, la tarde se va poniendo más y más impertinente con algún chubasco intermitente por lo que decidimos hacer una espera en el fondo de un largo valle con monte alrededor que han dejado de rastrojo del año anterior donde el año anterior maté un gran corzo que está protegido del aire, pero definitivamente los corzos no están por la labor y ninguno da la cara, por lo que antes de hacerse de noche emprendemos camino de regreso al coche.DSC00941

Definitivamente estas tardes de aire fuerte no son las mejores para cazar estos animales.

Mañana del sábado:

Con energías renovadas y a pesar de levantarnos a las 6.30 de la mañana volvemos a estar en el campo con las mismas ganas que la tarde anterior. La mañana no es buena. Una densa niebla nos impide ver a más de 50 metros y el aire aunque menos que la tarde anterior incomoda bastante. Aun así no nos damos por vencidos y emprendemos la marcha recechando muy muy despacio.
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Poco a poco vamos adentrándonos en la densa niebla para llegar a un amplio claro en mitad del monte donde siempre los hemos visto en años anteriores. La niebla con el fuerte aire va y viene dejando en ocasiones el panorama casi despejado para en un segundo no ver nada a más de 50 metros, por lo que decido hacer una espera al borde de este claro a ver qué es lo que pasa. Media hora después miro a mi hermano y decidimos seguir con el rececho pues aún nos queda mañana por delante y tal y como está el día los corzos estarán campeando hasta bien entrada la misma.

Muy despacio avanzamos por la linde del monte dejando el claro a nuestra derecha haciendo paradas cada vez que la niebla se aclara un poco, pero nada, ni rastro. Avanzamos unos pasos y de repente de la niebla emerge la figura de una corza a no más de 30 metros, está tan sorprendida como nosotros y se queda mirándonos fijamente sin saber bien qué es lo que somos. En previsión de que no estuviera sóla y estuviera el macho cerca me preparo, apoyo el rifle en la vara y espero acontecimientos sin dejar de mirar con los prismáticos en busca del macho. Después de 5/6 minutos de espera y de contemplarnos unos a otros, la corza se va tranquilamente por el margen del monte. Una pena que no apareciera el macho pero nos dio la opción de hacer unas fotos preciosas.
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Recuperados de este primer lance y después de esperar otros 10 minutos por si se había quedado por la zona seguimos con el rececho.

La mañana sigue igual, densa niebla y un aire molesto, pero nuestras ganas pueden con estos inconvenientes. Poco a poco vamos avanzando buscando a los corzos en las laderas más protegidas del aire pero con una visibilidad muy muy escasa por lo que la cosa está complicada, muy complicada. Al borde de una siembra al socaire nos quedamos esperando a que la niebla abra un poco pues estaba convencido que no andarían muy lejos. Después de 10 minutos de espera sin ver nada, emprendemos de nuevo la marcha y justo en ese momento la niebla se aclara un poco y ¡GRAU! una corza nos intuye, ladra y sale con trotecillo junto con otros dos más y se paran a 80 metros en la ladera de enfrente para tratar de ver qué es lo que somos. Mientras corren puedo ver claramente que dos son corzas y el tercero es un macho. Rifle a la vara y me pongo a buscarlos por el visor. Busco y encuentro claramente a las corzas, están de culo y se les diferencia bien por el penacho de pelos que le salen pero el corzo con el visor a pesar de tenerlo a 10 aumentos no consigo ver donde está. Cambio el visor por los prismáticos consiguiendo ver al macho completamente de lado. Vuelvo a dejar los prismáticos, pongo el punto rojo trato de encontrar al macho, ¡joder mierda de niebla!, le veo el culo, los jamones, pero no soy capaz de intuir su silueta ni de valorar el trofeo, dudo, quito el seguro, vuelvo a dudar y finalmente desisto. No lo tengo claro, puedo dejarlo pichando y no sé cómo es el trofeo por lo que decido no tirarlo. La pierna me tiembla de los nervios y finalmente los corzos desaparecen entre la niebla definitivamente. Una pena, pero creo haber hecho lo correcto.
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La mañana da poco más de sí, más aire, más lluvia y como no, la niebla después del lance fallido levanta casi por completo, cosas de la caza.
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Para aliviar “las penas” del corzo no tirado llegamos a casa a las 12 de la mañana y nos tomamos unos buenos callos con garbanzos acompañados de un par de huevos fritos que nos saben a gloria y que nos hacen caer rendidos al calor de la chimenea.
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Sábado tarde:

Mismos protagonistas, mismo escenario. La tarde al contrario que la mañana, es bastante cálida, con pocas nubes pero con el mismo maldito aire incómodo que hace que los corzos se muevan poco por resultarles tan molesto como a nosotros. Pasamos la tarde atalayados sin ver nada para a última hora hacer un rececho por la misma zona por donde los habíamos visto la mañana anterior pero como suele pasar, no dan la cara.
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En resumen, un fin de semana complicado en cuanto a meteorología se refiere, en buena compañía que nos hará volver la próxima vez con más ganas si cabe.
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Berrea entre amigos

DSC_0169Cuando empieza el mes de septiembre día tras día miro el cielo deseando que empiece a llover y bajen las temperaturas. Mi teléfono móvil se llena de aplicaciones para ver la previsión del tiempo y sueño con esos sonidos que resuenan por las sierras españolas, la berrea.

Me gusta imaginarme este periodo como si fuera una epidemia de los venaos de España, empezando a primeros de septiembre por el sur subiendo poco a poco hasta los venaos del norte hacia finales de septiembre. Es por tanto casi un mes entero de amoríos del “señor de los bosques” donde los bramidos se apoderan de las sierras españolas. Es en esta época donde podemos oír y ver un espectáculo fuera de lo común.

Desde muy joven empecé a cazar en berrea, primero de mochilero de mi padre para luego y según aprendía y cogía experiencia empezar a hacerlo sólo. Recuerdo cuando era pequeño en que mi padre me hacía incapié en andar en silencio, la importancia del aire, tener paciencia y un sinfín de cosas que en un principio me parecieron muy complicadas de hacer, pero pasan los años y parece que lo que te habían dicho una y otra vez te sale sólo, casi sin querer. Pasas de ser un niño ruidoso que espanta a todo bicho viviente a 1km a la redonda, a ser un “siux” que es capaz de meterse a escasos metros  de cualquier animal en casi cualquier circunstancia. Es entonces  cuando tienes más de la mitad del trabajo hecho, lo demás será cuestión de suerte.

En esta época, lo ideal es que llueva y haga fresco, esos años secos y calurosos son pésimos para la berrea y apenas se oyen venaos por el campo por lo que dificulta su acercamiento tanto por la sequedad del suelo como por la falta de referencia. Obviamente no es lo mismo recechar un venao en una finca cercada en Andalucía donde suelen estar más o menos controlados por la guardería, que hacerlo en una finca abierta de la Serranía de Cuenca en la que no tienes posibilidad de verlos hasta que estás muy encima. No obstante sea donde sea, la berrea es espectacular.

Habíamos fijado este fin de semana con mucha antelación pues suele ser el mejor para ir a la berrea en la Serranía de Cuenca. Volvíamos como todos los años a la finca familiar a pasar un fin de semana que esperábamos fuera bueno pues había estado toda la semana lloviendo y el guarda nos comentó que se oían venaos por todas partes.

En esta zona de Cuenca, casi pegando con Teruel, los venaos son muy grandes  habiendo cazado muchos de ellos homologables, por lo que hace que vayas aun con más ganas si cabe.

Salimos después de comer de Madrid con una lluvia intensa, casi a la carrera del trabajo, mi gran amigo Ramón, mi hermano Gonzalo y yo rumbo a Tragacete, pueblo que está a pocos kilómetros de la finca. El viaje transcurrió como no podía ser de otra manera entre risas, anécdotas y mucha ilusión. Tardamos más de lo esperado porque no dejó de llover ni un minuto por lo que llegamos cuando era totalmente de noche, dando al traste con nuestra primera atardecida. No obstante teníamos todo el fin de semana por delante y no nos importó demasiado. Decidimos dar un breve paseo por los caminos aun siendo de noche para ver si oíamos algún venao. Qué a alegría nos llevamos, aquello era música celestial para nuestro oídos, se oían por todas partes.

La mañana amaneció lluviosa, con nieblas y sin una gota de aire. Desde antes que amaneciera estábamos ya en el monte preparando todos los bártulos para empezar a cazar, pues no tardaría en empezar a verse.

Como la finca es bastante grande y quebrada, siempre nos repartimos la zona a cazar para no molestarnos y evitar así posibles accidentes. Habíamos quedado en que yo me iría sólo hacia la zona conocida como “Los Losares” y mi hermano Gonzalo y Ramón hacia la zona opuesta, “La Solana”. Pronto estuvimos preparados y ya con la suficiente luz como para ver a 50 metros nos deseamos suerte y nos despedimos.

La berrea estaba en pleno auge y se oían venaos por todas partes. En lo alto de las laderas, en el fondo de los barrancos, tanto es así, que se hacía complicado decidir a dónde ir. Tomé la decisión de ir poco a poco avanzando hacia la zona que tenía pensado cazar que estaba al final de una gran ladera y según fuera avanzando entrar a aquellos venaos que estuvieran en mi camino.  La mañana era inmejorable pues debido a las lluvias y la fina niebla el suelo estaba blando por lo que no crujían las hojas al pisar y se podía avanzar muy en silencio y relativamente rápido.

Poco a poco fui llegando a “Los Losares” sin desviarme demasiado, pues había varios venaos que se retaban unos a otros en esa zona. Desde el coche hasta donde estaba habría un par de kilómetros que  había recorrido en  más de una hora, andando despacio, concentrado en no hacer ruido y pendiente de cada sonido. Como solemos decir mi hermano y yo en “modo siux” (haciendo referencia a los indios de esta tribu).

La mañana fue transcurriendo entre bramidos y el intento de acercarme a algún venao que mereciera la pena. Fueron varios los que tuve a tiro pero ninguno reunía las condiciones necesarias para ser abatido. En esta finca abierta, los venaos suelen venir de Los Montes Universales y hemos matado año tras año venaos de gran tamaño, todos ellos homologables, por lo que el listón estaba bastante alto.

Como suele pasar según avanza la mañana, la berrea fue perdiendo fuerza y los venaos empezaron a callarse poco a poco. Estaba entrando a uno que estaría a no más de 100 metros pero al ser la vegetación tan densa aún no había sido capaz de verlo. Ahora berreaba cada 2/3 minutos y con menos insistencia, por lo que me complicaba el acercamiento y más aún, poder ubicarlo correctamente. Por ello decidí esperar en un aclarado del monte desde donde veía unos 30-40 metros a la redonda a ver qué pasaba. Miraba y remiraba con los prismáticos tratando de buscar algún indicio de su presencia, una oreja que se moviera, el movimiento de las cuernas…pero nada. De pronto, en una pasada buscando entre el monte, me pareció ver que había algo entre la espesura, miré con más atención y descubrí una oreja de una cierva que comía tranquilamente a no más de 50 metros de donde yo estaba. La cosa prometía. Estaba pensando que si el venao veía u olía a la cierva seguro que se movería hacia ella cuando de pronto, un tremendo bramido rompió el silencio. Mi corazón se puso a mil por hora y se me secó la boca de golpe, un segundo bramido hizo que consiguiera ubicar al venao y ver como se levantaba de donde estaba echado para empezar a acercarse a la cierva. El corazón se me iba a salir por la boca.

La cierva comía y andaba de espaldas a mí por lo que no me tenía que preocupar demasiado en que me viera. Cogí los prismáticos para tratar de evaluar el venao y ver si merecía la pena tirarlo. Poco a poco fue dejándose ver. Era un venao muy largo, con 12 puntas, no excesivamente gordo y bien hecho. Pude valorarlo bien ya algo más sereno, pues se paró a escasos 30 metros sin percatarse de mi presencia. Finalmente después de un precioso lance y un buen rato evaluándolo decidí no tirarlo y esperar a otro que tuviera un mejor trofeo.

Poco más aconteció esa mañana y a eso de las 12  emprendí camino al coche. Estaba realmente cansado pues no es sólo el camino andado subiendo y bajando laderas sino el hecho de ir constantemente en tensión, pendiente de no hacer ruido y tratando de escudriñar cada rincón hace que pases 5-6 horas estando completamente pendiente de todo, de cada ruido y de cada moviento haciendo que acabes cansado.

Al llegar al coche me estaban esperando Ramón y Gonzalo que no habían tenido suerte, por lo que nos fuimos al pueblo a tomarnos unas cervezas y comer algo.

La tarde no salió como teníamos previsto pues una llamada a Ramón en la que le decían que se había fallecido la muchacha que les había cuidado a él y a sus hermanos siempre desde pequeños, nos hizo cambiar rececho por entierro en Horcajo de Santiago.

Después del mal trago de la tarde anterior sólo nos quedaba el domingo para tratar de hacer los deberes de todo el fin de semana. Amaneció lloviendo y con nieblas igual que había pasado el sábado, por lo que de igual manera, estuvimos en el monte bastante antes de la salida del sol.

La berrea seguía en pleno auge y nosotros teníamos más ganas si cabe que el día anterior. Pronto nos volvimos a separar deseándonos suerte teniendo como objetivo un gran venao de los que campean por estas sierras durante la berrea.

Al igual que la mañana anterior, yo me fui hacia “Los Losares” y Ramón y Gonzalo hacia “La Solana”. Según me iba adentrando en el monte oía varios venaos berreando por esa zona y deseaba que mis compañeros tuvieran suerte. Nada más salir del coche empecé a oír un potente bramido en el fondo de un barranco a 500 metros de donde estábamos. Con el aire en la cara y la ventaja  de estar el suelo muy mojado y algo de niebla fui avanzando bastante rápido hacia el venao. Poco a poco fui recortando distancia hasta estar de el a no más de 100 metros sin llegar a verle todavía. Berreaba de manera constante pero me daba la sensación que se iba moviendo hacia arriba.

Después de un par de berridos largos y hondos, el silencio se adueñó de la zona. Podía oír como por la zona de “La Solana” pegado a las piedras, en lo más alto de la ladera, berreaba un venao incansable. Me imaginé a Ramón y Gonzalo tratando  al igual que yo acercandose a este, ojalá tuvieran suerte.

Estaba pensando en esto cuando un berrido me sacó de mis pensamientos de forma brusca. El venao que tenía a escasos 100 metros y que no podía ver había continuado su ascensión para alejarse nuevamente. Poco a poco con máxima precaución fui acortando distancia con él que ahora sí, parecía berreba en el mismo sitio. Según me iba acercando, los nervios se apoderaban de mí, la boca seca, el corazón palpitando a mil por hora y todos mis sentidos pendientes de cualquier movimiento o ruido.

El lugar por el que ascendía era una pedriza que transcurría a lo largo de una gran ladera a modo de cortadero que estaba rodeada de monte. Iba subiendo por el margen derecho para no ser visto en caso de que asomara alguna res del monte. La pendiente no era constante sino que al llegar casi a la cumbre llaneaba un poco para volver en seguida la repechar y terminar en un gran llano. El venao seguía berreando y tenía claro que estaría en esa primera llanura intermedia, pero no sabía si cerca o lejos del lugar por donde yo iba a asomar pues unas veces berreaba de cara y parecía que estaba muy cerca como se volvía y berreaba de espaldas, dando la sensación de alejarse.

Poco a poco fui asomando, casi centímetro a centímetro le fui recortando distancia la venao. Por fin y después de un buen rato de nervios en los que había tardado 15 minutos en recorrer apenas 10 metros, pude asomar la cabeza y dar vistas al rellano. El venao berreaba unos metros más arriba ahora por lo que no lo veía. Avancé unos metros aprovechando su berrido para situarme a menos de 40 metros sin lograr verle. De pronto, oí como se acercaba algo de derecha a izquierda para en seguida ver su tremenda cornamenta contra el cielo azul, en el viso. No me pude esperar, el venao miraba para el otro lado y aproveché para avanzar 1 metro y subirme a una piedra. El venao en ese momento echó a andar para tirarse por el otro lado de la ladera con tanta suerte que al subirme en la piedra esta no estaba bien asentada e hizo un ligero clonc, clonc, al chocar una piedra contra otra al chocar e hizo que el venao se parara en seco mirándome. Sólo le veía las cuernas salir por detrás de una sabina, el lomo y los jamones por lo que en esa posición no podía tirarle, pero era cuestión de paciencia el que lo hiciera.

Le esperé apoyado en la vara, con el rifle encarado y deseando que el siguiente paso no lo diera a la carrera para darme una posibilidad de tiro. El ruido de las piedras había sido muy leve por lo que venao dio un paso para asomarse por detrás de la sabina dejando el cuello al descubierto y no me lo pensé dos veces, me serené, lo centré bien en la cruz y el tiro salió “sólo” del rifle. Oí como el tiro cogía carne y vi al venao caer desplomado al suelo. Tenía el corazón al borde del colapso, las piernas apenas me sostenían de pie y el pulso era peor que el de un anciano de 100 años, pero el venao yacía en el suelo inmóvil.

Recargué el rifle, bajé los aumentos al visor por si las moscas y despacio me fui acercando al ciervo. Nada más llegar lo primero que me impresionó fue el tamaño del cuerpo, aquello no parecía un venao sino más bien un caballo, que barbaridad, qué tamaño. El trofeo era sobresaliente, un venao de 16 puntas muy gordo, largo y de una forma preciosa nada común. Aquel momento de calma después de tantos nervios era algo para disfrutar, el silencio se había adueñado de toda la sierra, la niebla, el venao  muerto a mis pies al que no podía dejar de mirar. Las piernas finalmente no pueden con mis 70 kgs de peso y me tengo que sentar en el suelo.

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Con los deberes hechos me quedo tranquilamente dando un paseo pues la berrea después del tiro se ha cortado en seco. Donde antes berreaban 6 o 7 venaos ahora no lo hacía ninguno. Temía que mi tiro hubiera fastidiado la mañana a Ramón y Gonzalo pero justo cuando estaba pensando eso el sonido de un disparo me indicaba lo contrario. Todo hacía indicar que ellos también habían tenido suerte.

Al llegar al coche mis compañeros aún no habían vuelto, pero enseguida les oí venir ladera abajo casi a la carrera, pronto puede ver porque, traían un venao de órdago, todo un pavazo. La sonrisa no se les borraba de la cara.

Amistad, compañerismo, risas, buenos momentos y al final buena suerte en la caza. No se puede pedir más.

DSC_0052Alguna foto más de los venaos

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DSC_0080En primer plano el venao de mi amigo Ramón y en segundo plano el mío.

El corzo del “Montecillo”

El corzo del Montecillo

Quizás este corzo es de los que más me ha costado matar en los últimos años. Lo encontramos una tarde de casualidad como suele pasar muchas veces en esto de la caza.

Hacía tiempo que nuestro abuelo había reforestado con encina y roble algunas parcelas de la finca que eran menos productivas y aquella tarde estábamos dando una vuelta viendo como estaban. La finca es principalmente agrícola pero en uno de sus extremos hay un pequeño pinar rodeado de monte de robles y en mitad de este una siembra que dependiendo de los años está de cereal o de girasol.

Como solemos hacer los cazadores iba mirando las encinas pero buscando algún indicio de la existencia de corzos por la zona pues el encargado ya me había dicho alguna vez que los había visto por ahí. Con un ojo en las encinas y otro en las posibles huellas o rastros de los corzos no tardé en cortar unas huellas que parecían de hace un par de días y se adentraban en el monte de robles. No pude contener la tentación, me adentré en el monte para ver si veía algo más y a pocos metros encontré un rascadero de ese mismo año, señal inequívoca de la existencia de un corzo macho en la zona. Perfecto pensé, y aprovechando que habíamos llegado hacía muy poco le dije a mi hermano que cambiábamos de plan, encinas por corzo.

Nos colocamos en un alto dominando la siembra (ya rastrojo)que quedaba en hondo y que dominábamos casi en su totalidad. Aquella tarde de junio que parecía que íbamos a dedicar a ver el crecimiento de las encinas pronto se tornó en hacer una espera a un corzo con los prismáticos como única arma.

No tardamos en ver a una corza seguida de dos corcinos de ese mismo año. Empezaron a comer del rastrojo recién cosechado por lo que mantuvimos la esperanza de ver al corzo por la zona, así fue. Al poco rato de aparecer la hembra, el macho hizo acto de presencia una decena de metros más allá. A simple vista me pareció un corzo bastante decente pero con los prismáticos me pareció mejor. Largo, con las luchaderas y contraluchaderas largas no siendo demasiado gordo y con una forma un tanto curiosa en la cuerna que me encantó. Al poco rato de estar comiendo, desaparecieron por el lado opuesto por lo que dejamos pasar un rato prudencial y nos fuimos tranquilamente para volver al día siguiente.

Después de aquel día, entre recechos y esperas fueron más de 15 intentos los que le hice al corzo no consiguiendo en ninguno de ellos verlo, por lo que mi pique iba cada vez a más.

El último día de la temporada decidí ir de nuevo a intentarlo pero en lugar rececharlo por la mañana haría un espera hasta que ya no tuviera sentido seguir esperando. Dejé el coche a más de 500 metros de donde iba a ponerme y de noche cerrada llegué al lugar desde donde lo había visto aquella primera tarde de junio, me senté y tranquilamente me dispuse a esperar.

La mañana avanzaba y según el sol iba subiendo mi ánimo en conseguir ver al corzo y poder tirarlo iba bajando. Eran las 10 de la mañana cuando decidí que ya estaba bien y eché un último vistazo alrededor. No me hizo falta mirar demasiado, mientras miraba con los prismáticos percibí un ligero movimiento por el rabillo del ojo a mi derecha, justo por la otra punta del monte a donde me lo esperaba y hacía allí dirigí mi mirada. No podía creerlo, ahí estaba, a no más de 150 metros comiendo en el borde el rastrojo a la sombra de una encina. No lo dudé un instante, me eché al suelo, puse las Harris lo metí en la cruz y PUM!, el corzo calló como un trapo. Al verle caer así, salí corriendo pues pensaba que había sido un calentón de agujas, pero al llegar a él, tenía el tiro en mitad de la paleta. Por fin lo había conseguido, un bonito corzo que me había tenido varias semanas sin dormir para al final en el último día de la temporada y en el último minuto conseguir cazarlo.

Además de todo lo anterior creo que la foto del trofeo es una de las mejores que he hecho nunca a un animal cazado.DSC_0003

El jabalí del “clic”

En un relato previo titulado “aprender errando” había contado el primer encuentro que tuve con este jabalí, aquí os dejo la segunda parte.

El jabalí del “clic”

Había pasado un mes más o menos desde aquel fatídico día. Aquel gran jabalí no había vuelto a pisar el comedero y mi desanimo era total. Día tras día acudían otros guarros a comerse “su” maíz pero desde luego quedaba claro por las huellas que ninguno era el que en aquella tarde había indultado muy en contra de mis intenciones.

Como aquel gran guarro no volvía decidí cambiar yo también de sitio. Aquel verano del 98 estaba siendo extremadamente caluroso por lo que decidí ir a ver unas bañas a las que siempre acude algún guarro. El sitio es bastante bonito aunque no resulta fácil tirarlos pues el espacio para hacerlo es más que justo.

Las bañas están al principio de un profundo valle, a los pies de un gran chopo. Venga como venga el año siempre tienen agua y en estos meses de calor siempre tienen visitantes. Entre el puesto y el agua hay un camino que divide el valle en dos laderas y apenas es usado por coches pero que los guarros y corzos suelen frecuentar y además facilita mucho para coger referencias cuando es de noche cerrada.

Aquella mañana, como todas las del verano, madrugué para aprovechar las horas menos calurosas y darme una vuelta por la finca con intención de ir a ver estas bañas. Antes de llegar al agua pude ver que estaban muy tomadas pues las marcas de barro en los robles así lo indicaban, la cosa pintaba bien. Miré y remiré cada árbol antes de “asomarme” al agua y en uno de ellos pude ver las colmilladas de lo que parecía un buen jabalí. Al acercarme al agua unas grandes huellas dejaban constancia de la visita de un gran guarro. Había huellas del mismo jabalí de varios días distintos por lo que parecía que entraba con regularidad. En ese mismo momento decidí que esa misma tarde me pondría ahí.

Ya volviendo a casa para desayunar tranquilamente le iba dando vueltas a la cabeza. Esas huellas, las marcas en el árbol y la altura a la que manchaba el guarro… ¿Podría ser el mismo al que no pude tirar hace un mes en el comedero? Desde luego las huellas eran muy parecidas y esos tajos en los robles eran prácticamente iguales a los que había encontrado hace algunas semanas en el cebadero y si además añadimos que no dista demasiado un sitio del otro podría ser que, efectivamente, fuera el mismo jabalí.

Los nervios hicieron que estuviera pronto en el monte. Llegué con máximo sigilo y me puse donde siempre hago en esas bañas, al otro lado del camino, pegado al monte y dejando justo enfrente el agua, un pequeño claro a mi izquierda (que no veo del todo porque me tapa una carrasca) y el camino que cruza a lo ancho. Es impresionante el jaleo y el constante ir y venir de animales que hay en las zonas de agua durante el verano, mirlos, arrendajos, palomas, tórtolas, perdices un constante ir y venir de animales que forman un bullicio que se va apagando según avanza el día para dejar el campo sumido en un medio silencio (porque no llega a ser total como sucede durante el invierno).

Poco a poco el día fue dejando paso a la noche y sin previo aviso empiezo a oír claramente unos pasos por la hojarasca a mi izquierda, aún algo lejos. Mis sentidos se agudizan e intento mirar por detrás de la carrasca para ver si veo algo pues aún es lo suficientemente de día como para ver lo que viene. Los pocos pájaros que aun cantaban o revoloteaban se callan por completo y los pasos se van poco a poco, muy lentamente, acercando al agua. Tengo claro que es un guarro (en aquella época no había corzos todavía por allí) va despacio, escuchando cada pocos metros. Hay un buen rato que no consigo oírlo pero noto que sigue ahí. De pronto sin más, oigo que en lugar de avanzar vuelve sobre sus pasos, el ruido se aleja del agua pero se acerca a mi posición. Se está haciendo de noche y apenas veo a 20 metros de distancia. Siento como retrocede y se acerca directo a salir al camino por mi izquierda para dar un rodeo al agua. Agudizo el oído y noto como sale del monte, anda un poco por el camino (se oyen las pezuñas contra el suelo duro) y coge dirección directa a donde yo estoy. Aun no puedo verlo. Le oigo venir, viene por el claro que está a mi izquierda pero la carrasca me tapa, se acerca, me giro en la silla esperando que pase por delante de la mata para tirarle a no más de 4 metros. Tengo el corazón a mil por hora y no sé si han pasado 10 minutos o 3 días, la boca seca y los nervios disparados. Por fin, entre las ramas veo el bulto que hace el guarro, es un guarraco impresionante, llegará fácilmente a los 90-100 kgs. Trago saliva, respiro hondo y trato de serenarme pues el jabalí sigue avanzando muy despacio hacia donde estoy y ya hay poco margen de maniobra, tiene que pasar por delante de la mata o por detrás para dar la vuelta e ir al agua. Estaba preparado para que saliera por delante pero en el último momento gira un poco para salir por detrás, ¡mierda!, me tengo que mover unos centímetros sobre la silla para girar el cuerpo (soy zurdo y viene por la izquierda) y tratar de ponerme de frente. En mitad de la “maniobra” a 4 metros de donde estaba, veo como aparece el cabezón del jabalí para acto seguido quedarse mirándome sin saber qué es lo que soy. No hay opción a nada más, me encaro despacio, la falta de luz me ayuda a no ser visto con claridad, le apunto a la cabeza, aprieto el gatillo y ¡PLAS!, la silla se cierra por estar mal apoyada y me doy de bruces contra el suelo. Tras el tiro y porrazo, no oigo nada, me quedo en el suelo un par de segundo y me pongo de pie. A simple vista puedo ver el gran corpachón del jabalí inerte en el suelo, que barbaridad de bicho. Recargo rápidamente y me voy por el lado opuesto dando la vuelta a la carrasca para no entrarle de cara. Me cuesta andar y la pierna aún está con el tembleque de los nervios. El lance ha sido brutal.

Dejo pasar unos minutos antes de acercarme, ando despacio ya con la linterna en la mano pues es totalmente de noche y no hay nada de luna. Lo primero en lo que me fijo es en el tamaño de los testículos, el corpachón del animal es también llamativo. Según me voy asomando por encima, veo como le salen las navajas de la boca, ¡qué buen guarro! ¡qué bien, qué bien, qué bien!, se me escapan unos gritos que resuena en el monte, ¡vamos Luis, vamos, vamos! al más puro estilo Nadal. No quepo en mí de alegría.

Tengo claro que es el mismo guarro que entraba en el comedero, aquel que no pude tirar por haber montado mal el rifle. Las hechuras y las huellas eran exactamente las mismas. Tuve la suerte de volver a encontrarme con el de una manera inesperada y culminar lo que no pude hacer un mes antes. Así es la caza, cuando menos te los esperas tienes la suerte de matar un buen guarro.

Uno de los mejores guarros que he matado de espera y desde luego uno de los lances más intensos que he tenido en esta modalidad.

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