Luna de invierno

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Llegaba de Madrid con ansias de campo. Según iba conduciendo veía por el espejo la enorme luna llena que iba a iluminar esa fría noche del mes de febrero. Sólo tenía un pensamiento, darme un paseo en busca de algún guarro que estuviera rebuscando bellotas o algún grano entre las pajas ya viejas de los rastrojos.

Una cena rápida, un rato de tertulia y a eso de las 11h preparado para pasar frío y buscar algún guarro. La noche era heladora pero afortunadamente sin una gota de viento por lo que la sensación no era del todo mala. La luna en todo lo alto iluminaba como si fuera de día, no hacía falta luz alguna para andar por los caminos o incluso por mitad del monte.

La zona que cazamos son los sopiés de una gran sierra salpicada de rastrojos, monte de robles, brezos, regatos y reforestaciones de encinas.

Poco a poco fui rebuscando por los rastrojos aun sin labrar, debajo de las encinas y robles en busca de los muy abundante jabalíes que hay por la zona. De vez en cuando me tropezaba con algún corzo o algún zorro pero ni rastro de los jabalíes.

Comencé cazando la zona “peor” o menos querenciosa pegada la sierra para luego volver por la zona que siempre nos había dado mejores resultado ya con la luna de espaldas pudiendo así ver mucho mejor.

Tenía el itinerario perfectamente claro pues nos conocemos bastante bien la zona. Los rastrojos de la zona baja, al borde de unos riberos son las que más guarros tienen por estar rodeadas todo el año de comida y agua.
Habían pasado ya un par de horas desde que había empezado buscar y rebuscar con los prismáticos y no había tenido la suerte de ver ningún guarro, pero tenía la certeza casi absoluta que alguno iba a ver.

Ya con la luna en la espalda la visibilidad aumenta considerablemente pues no te ciega. Iba por el camino dejando los rastrojos a la izquierda y la zona de monte bajo y robles a la derecha. Iba con mucho cuidado y fijándome en cada bulto mirando cada poco rato con los prismáticos. Un rastrojo, otro y nada, no estaba teniendo suerte por lo que me paré un rato en un cruce de caminos dando vistas a un rastrojo amplio con unas bañas en medio, pensando si volverme o seguir. Estaba en esos pensamientos casi convencido de abandonar, cuando me da la sensación de ver algo que se mueve a no más de 100 metros de donde estoy. Rápidamente me echo los prismáticos a la cabeza y veo un gran marrano que va tranquilo por el rastrojo, hozando de vez en cuando directo al agua. ¡No me lo puedo creer, que suerte!.
El guarro no se ha enterado de mi presencia y avanza despacio pero decidido a la pequeña vaguada que hace el rastrojo por donde corre el agua. A mi izquierda tengo unos robles que me dan cobertura para poder avanzar unos metros y acerarme al guarro sin ir a “pecho descubierto”. Busco el borde de la sombre, preparo las Harris y me tumbo en el suelo. El guarro aparece y desaparece al revolcarse en el barro pero va poco a poco avanzando. La distancia para tirar de noche es respetable 120 metros (medidos al día siguiente) y espero hasta que el guarro está parado y totalmente de lado. Sin más el jabalí aparece, se tumba y vuelve a levantarse para tomar dirección al monte por lo que contengo la respiración y BUUMMM!!!el tiro con el 8x68S me descoloca un poco y no veo lo que pasa pero no oigo ni carrera, ni pataleo ni nada de nada, mi sensación al tiro es que se ha quedado en el sitio.

Tras tirar dejo pasar unos minutos en los que estoy pendiente de cualquier ruido para tratar de saber qué es lo que ha pasado. Nada, no se oye nada, por lo que cojo la linterna que siempre llevo para estas cosas y voy hacia donde estaba el cochino. Al principio me cuesta encontrar el sitio pues la vaguada que tengo delante es mucho más grande de lo que pensaba por lo que no mido bien la distancia y empiezo a buscar mucho más cerca de donde estaba el guarro. Según buscaba y rebuscaba levanto la cabeza y veo a simple vista un bulto enorme encima del pasto viejo, enfoco y ahí estaba el guarro aun agonizando. Tuve que dar un buen rodeo para llegar hasta él y no ponerme de agua y barro hasta las rodillas pues la zona estaba muy encharcada.

Poco a poco me fui acercando al guarro por detrás, pesaría fácilmente 100 kg y lo primero que destacaban eran dos grande “alforjas”, tenía que ser un gran guarro. Despacio fui dándole la vuelta para al fin verle salir las navajas y amoladeras por encima de la jeta, menudo guarrazo. No pude contenerme y se me escapó un ¡VAMOS COÑO!. Un gran guarro con un lance precioso a la luz de la luna.

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